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martes, 2 de agosto de 2011

Un ángel caído




            El poeta entró al departamento arrastrando los pies luego de una jornada agotadora. Por fin volvía al refugio para dedicarse a lo que era su verdadera pasión. Casi no dormía porque en el día tenía un cargo rutinario en una empresa que le permitía llevar una vida más o menos confortable y en las noches escribía sus mejores versos.
            Se encaminó directo a la cocina, esquivando montones de libros que ocupaban toda la sala; una estantería de pared a pared dominaba el fondo de la pieza, donde destacaban ejemplares de tapas gruesas y llamativos colores. Se preparó un café bien cargado, se acomodó en su mesa de trabajo, encendió un cigarrillo y se dispuso a continuar con el trabajo pendiente, retomando en el verso que dejó la noche anterior:
           
“Si un ángel pasa por tu lado
                                   no te asombre que vuele bajito”

En su cara se reflejaba el placer que le proporcionaba esta tarea; frente al computador se transportaba a otros mundos. De pronto sonó el timbre, se levantó de la mesa sobresaltado por la interrupción. No esperaba a nadie así que fue de mala gana a atender el llamado.

-         Aló, ¿quien es?
-         Estoy buscando al señor Reyes, le traigo una carta de sus padres en el sur.
-         Ah, está bien, suba nomás que la atiendo enseguida.

La muchacha de larga cabellera negra, amplia falda y blusa colorida, parecía un ángel que iba al cielo cuando subió al ascensor. Bajó en el séptimo piso y tocó en el setecientos once. El hombre no pudo disimular su asombro al abrir la puerta y verla allí parada con la carta en una mano y una valijita en la otra.

-         Adelante, pase y acomódese donde pueda; disculpe el desorden pero no he tenido tiempo para arreglar todo esto.
-         No se preocupe; me costó mucho dar con su dirección, es la primera vez que vengo a la capital.
-         Muchas gracias por tomarse tantas molestias; ¿usted de dónde conoce a mis padres?
-         Tenemos amistades en común aunque yo vivo en el pueblo vecino; me pidieron por favor si podía hacerle llegar este encargo  -pasándole la carta-, aprovechando que yo tenía que viajar hasta aquí para hacer unos trámites.
-         Le agradezco nuevamente, veo que ha sido muy osada para animarse a venir sola hasta aquí.
-         Hace tiempo que tenía pensado hacer este viaje; casi siempre prefiero andar sola, me gusta perderme por calles que no conozco, sin rumbo fijo.

Él dejó la carta sobre una de las repisas un poco sorprendido por la inesperada visita.

- Le ofrezco un café o prefiere un té.
- Un café está bien.

Así estuvieron conversando hasta pasada la medianoche sin que se percataran de
la hora. Tan entretenida estuvo la charla que ella aceptó el ofrecimiento para quedarse a pasar esa noche en el departamento.
           
- Le arreglaré el sofá cama para que descanse o si prefiere le daré mi habitación, de todas maneras yo voy a seguir con mi trabajo.
- No se preocupe yo me acomodo donde sea, aquí en la sala está bien.

            Él armó el sofá-cama, la dejó para que acomodara sus cosas y regresó a su mesa de trabajo donde la computadora seguía encendida. Después de un par de horas de teclear sin parar sintió la puerta de la pieza que se abría y entraba el ángel.

-         Es que tuve una pesadilla.

Se arrojó a sus brazos temblando entera. Él la acurrucó como a una niña,
le acariciaba la renegrida cabellera tratando de calmarla. Ella se separó de su abrazo y salió del cuarto arrojándole el camisón y luego el sostén, llegó a la sala donde terminaron revolcándose entre un montón de libros, gozándola en todos los rincones hasta el amanecer.
            Cuando el poeta despertó mareado no reconocía donde estaba. Se levantó para descubrir todas las paredes peladas, sin libros, ni muebles, ni el jarrón con flores que adornaba la ventana, ni encontró al ángel, ni nada de nada.


1 comentario:

iguana dijo...

hola mauri!!!! recuerdo muy bien este texto es del año pasado!!!! de todas formas esta muy bueno
saludos!!!!